Evelio Rosero (in Spanish) by Antonio Ungar

BOMB 110 Winter 2010
110 Winter 2009

Esta entrevista es la versión original de la publicada en traducción al inglés en BOMB 110.

Es Evelio Rosero un ave rara en el agitado corral de los escritores colombianos de su generación. No aparece en los periódicos, no escribe textos para revistas, no se hace tomar fotos en eventos públicos, no tiene columna semanal, no acepta cargos burocráticos ni diplomáticos, no asiste a cocteles ni a presentaciones de libros, no disfruta del show de las ferias y los encuentros literarios. Pocos ciudadanos de a pie no conocen su cara. Es un escritor, a secas, uno que ha estado dedicado durante treinta años a escribir y nada más, sin detenerse a pensar si la prensa cultural —“papagayos”, según su propia definición— se fija o no en su persona.

Desde muy joven se propuso Rosero vivir de escribir, y a fuerza de escribir sin descanso (y de participar en todo tipo de concursos), lo ha venido consiguiendo. Ha publicado novelas juveniles, cuentos infantiles, obras de teatro, poesía, novelas largas, novelas cortas, relatos de todo tipo. Diecinueve títulos y siete concursos ganados en veinticinco años lo hacen uno de los escritores más prolíficos de su generación en América Latina, solo comparable en este sentido con el siempre abundante César Aira.

Educado en colegios católicos en la ciudad andina de Pasto y en Bogotá (ciudad en la que ha pasado la mayor parte de su vida), Rosero reconoce que de sus años con los curas le quedó una rabia profunda, una que sin duda ha sabido dosificar y utilizar en su provecho para la construcción de varios de sus libros. Atraído por el canto de sirenas de Europa, como escritor latinoamericano que se respete vivió unos años en Barcelona y otros en Paris, lo que solamente le sirvió para confirmar cuánto disfruta de la existencia en Colombia. Desde hace unos años es su vida cotidiana tan austera y ordenada como su escritura: vive en un conjunto de apartamentos de clase media que mira a un lago con aves silvestres, recorre Bogotá en bicicleta, tiene una pareja estable. Parece haber domesticado a los monstruos, parece haberlos confinado en esos libros suyos infestados de seres solitarios e incomprendidos, que con frecuencia están también desesperados, enfermos, locos, seniles. Héroes colombianos todos, lanzados a búsquedas sin retorno, casi nunca fructíferas.

Traducidos a una docena de lenguas europeas, publicados en las mejores editoriales en castellano, elogiados por la crítica, estudiados en universidades, los mundos oscuros de Rosero han conseguido ser comunicados a un público amplio. Pájaro raro es éste, que a pesar del reconocimiento nunca salió de su escondite, que ha defendido siempre su absoluta independencia, que nunca se dejó impresionar por los destellos de baratija que ofrece la popularidad. Pájaro que afirma sin vergüenza que la literatura puede y debe cambiar la realidad social y que es esa una de sus funciones principales, lo que prácticamente ninguno de sus colegas se atreve a decir ya, a riesgo de parecer demasiado modernos y por lo tanto demasiado comprometidos.

Encerrado en mi apartamento por una peligrosa enfermedad en las vías respiratorias (sintiéndome casi como al final de una aventura escrita por Rosero) realicé esta entrevista vía e-mail desde otro barrio de la gigantesca ciudad de Bogotá. Hace unos días me escribió Rosero en uno de sus correos electrónicos que últimamente había perdido el entusiasmo por escribir. Leyendo sus libros (intensos, pulidos, sinceros, incómodos, sin concesiones) y sobre todo contando cuántos ha escrito, se me hace difícil creerle.

Rosero Body

Antonio Ungar Vivió usted parte de su infancia en los altos Andes, en el sur de Colombia. Cuénteme si su literatura se vio afectada por la ciudad de Pasto y por la geografía de Nariño.

Evelio Rosero Sí, necesariamente, porque esta etapa de la vida es la más determinante en la vida de un escritor, o de cualquiera. Sobre todo en los pueblos que yo he mostrado en mis novelas, he notado—después de la escritura—, que obedecen al recuerdo de esos pueblos andinos que mi familia visitaba. La descripción de esos pueblos, sus espacios y ambientes rurales, sus rostros indígenas, sus abismos geográficos y humanos, es inconsciente, entonces. Está ligada a una memoria ancestral.

AU Muchos de sus libros son para público infantil y sin embargo los niños en plural son seres amenazantes en algunas de sus novelas, (por ejemplo en En el lejero y en algunas escenas de Los ejércitos). ¿A qué cree que se debe? ¿Son solamente coincidencias a las que no vale la pena dedicarles demasiado tiempo?

ER Los niños también son amenazantes en algunos de mis libros “para niños”. La crueldad en los niños es una realidad, como su misma inocencia. Todas estas pasiones, por más elementales que sean, no las ignoro cuando llega el momento de escribir—se trate de un cuento infantil, o una novela de largo aliento. Cuando escribo para niños, o cuando escribía, porque me parece que ya he perdido esa alegría, no pienso que me estoy dirigiendo a seres alados y maravillosos. De niño padecí la vida, como la padecen los niños, con igual o más intensidad que los mayores. La coincidencia que usted me señala me parece, por eso mismo, muy importante. Ya me extrañaba que nadie se percatara de ella.

AU Ha escrito usted varios libros para niños y jóvenes. ¿Cree usted que existe alguna relación entre su obra infantil y juvenil y sus libros para adultos? ¿Hay vasos comunicantes entre las dos? ¿Son universos independientes?

ER Los vasos comunicantes tienen que existir, porque hablamos de las obras de un mismo autor. Eso sí, no me he preocupado por desentrañarlos. Sé que varios de los niños que recreo en mis novelas para adultos son los mismos protagónicos de otras historias para jóvenes. Eso, creo, le confiere mayor peso a sus semblantes, actitudes, resoluciones. En mi novela: En el lejero, los niños que persiguen al protagonista por las calles del pueblo ya eran familiares para mí; eran los mismos niños de otras de mis novelas. Pero nunca me preocupé de avisárselo a nadie.

AU Cuénteme qué papel juega Bogotá en su vida y en su obra. ¿Cree que vivirá el resto de su vida aquí? En esta ciudad de casi ocho millones de habitantes vive usted alejado del centro histórico y de los lugares en donde suceden los eventos artísticos y en donde se produce la llamada prensa cultural. ¿Es ésta una casualidad inmobiliaria o un acto deliberado?

ER Si Pasto fue la niñez, Bogotá la adolescencia. De hecho, nací en Bogotá, y aprendí a leer y escribir en un colegio religioso, en Bogotá. Pasto, Nariño, alimenta mis pueblos, esa parte rural de mi obra. Bogotá es la metrópoli, de hecho es la única metrópoli colombiana; las otras ciudades, Cali, Barranquilla, Medellín, son como pueblos grandes. Bogotá, y eso también de manera involuntaria, sin que yo me lo propusiera, es la ciudad más representativa de mis cuentos urbanos, y de una novela: Plutón, de casi 400 páginas. Pero también viví algunos meses en París, y tres años en Barcelona: sé que algunos de mis cuentos urbanos provienen de ambientes de París y Barcelona mezclados con otros de Bogotá; así son los cocteles que ofrece la literatura. Bogotá me apasiona, aunque también me da miedo, y asco. Es una ciudad que quiero, sobre todo por los recuerdos de universidad, no los del bachillerato, horribles a plenitud. Es que la ciudad nos avisa permanentemente de nuestro pasado en ella. Cualquier calle, una plazoleta, una iglesia, es capaz de trasladarnos a un diálogo, un beso, o un dolor de muelas. Paseo mucho por Bogotá; ruedo por toda ella en mi bicicleta; acudo con frecuencia a la biblioteca Luis Ángel Arango, en el centro histórico, pero los eventos artísticos, no sé por qué, me tienen sin cuidado. Antes que enterarme de la prensa cultural, o de que sus papagayos se enteren de mí, prefiero ir al cine, o derrumbarme con un libro en las suaves colinas del parque de la Independencia, donde se pasean y hasta meditan tantas muchachas bellísimas.

AU Muchas de sus historias narran epopeyas en las que el universo del héroe solitario cambia por completo (le pasa por ejemplo a Ismael Pasos en Los ejércitos, a Jeremías Andrade en En el lejero, en cierta medida al narrador sin nombre de Los escapados). ¿Son la destrucción y la descomposición buenos materiales para el oficio del narrador?

ER Le recuerdo que al Jeremías Andrade de En el lejero le va bien, al final: el pueblo mismo le devuelve a su nieta, que había sido secuestrada. Esta novela sí está ligada a plenitud con la que sigue, Los ejércitos. Es, en cierto modo, su “preparación”, su antesala. Fíjese que los protagonistas de ambas novelas son viejos de 70 años. La mirada es parecida, pero no igual. Digamos que la insatisfacción literaria que experimenté con la primera, fue la génesis de Los ejércitos. La primera es un sueño terrible, una pesadilla de la que intentamos sacudirnos con dolor, con tristeza, hasta despertar. La segunda no es ninguna pesadilla, es la misma realidad que toca a tu puerta con los nudillos, tres golpes fuertes, los golpes con el sonido que dan los huesos, la muerte. Yo no podía contentarme con lo alcanzado en En el lejero. Allí la pesadilla se apoderaba de todo, como en Señor que no conoce la luna, otra suerte de alegoría. Pero no dejaba de ser eso, una pesadilla. No era verdad. Tenía que esforzarme por trasladar mi miedo real, mi esporádico terror de ciudadano a las páginas de un libro, como una rebelión. Yo no reflexioné jamás que la destrucción y la descomposición resultaran buenos materiales para mi oficio. Es que padecí esta destrucción de manera progresiva, la padecí en la médula, a mi manera, como sé que directa o indirectamente la padecen todos en el país, excepto el presidente y los magistrados, excepto los generales y los comandantes guerrilleros y los jefes paramilitares, la padecí con sólo asomarme a un noticiero de mediodía, mientras almorzaba: una madre avisando de sus hijos masacrados; después la indiferencia del país; la muchacha modelo hablando de telenovelas; después la lista de desaparecidos, los falsos positivos, que todavía continúan, continúan, sin que nadie haga realmente nada por evitarlo; y luego la selección Colombia, que es otra desgracia como el país. Todo eso genera una novela. Ojalá el humor y la alegría forjen en mí otra novela, si llega a suceder. Sería tan interesante esa experiencia como la otra.

AU Muchos de sus héroes son personajes acechados por la muerte, la enfermedad, por un mundo que parece confabularse contra ellos. ¿Tiene esto algo que ver con la experiencia real del escritor Evelio Rosero? ¿Es solamente una decisión técnica que potencia lo que quiere contar?

ER El escritor es una consecuencia humana de quienes lo rodean, o rodearon. Estoy seguro que no solamente he escrito de mí. Esos referentes que usted menciona, muerte y enfermedad, la confabulación del mundo contra uno, son referentes universales de cualquier literatura, aquí o en Cuzco o en Moscú o en Detroit.

AU En algunos de sus libros el personaje principal, claramente definido de los demás, tiene problemas de comunicación con el mundo que lo rodea. En En el lejero el protagonista—y el lector con él—no distingue fácilmente entre la realidad de los sentidos y la realidad de la mente (y cuando distingue es el narrador en tercera persona el encargado de confundir los límites). En Los ejércitos la locura y la desesperación van haciendo presa del protagonista, lo van alejando sin remedio del mundo real. Háblenos un poco de las consideraciones literarias que le merezca esa relación entre el individuo y su entorno.

ER Lo único que sé es que esa locura, ese filo de la navaja donde transcurre la realidad y la irrealidad, están aquí, respiran a cada vuelta de esquina, y son los que impulsan mi escritura.

AU Usted vivió en París y en Barcelona. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Por qué decidió regresar a Colombia?

ER Colombia es mi país. Mis padres, mis abuelos, la primera novia y la última, son todos de aquí. Además, le confieso que las cosas fueron bastante difíciles para mí, en París. Algo menos duras en Barcelona, pero difíciles también. En París tuve que tocar la flauta, en el metro. En algún vagón que se abrió vi a dos niñas sentadas, tomadas de la mano. La puerta del vagón se cerró, ellas desaparecieron, y yo me quedé con la novela de dos niñas que se aman. La titulé: Juliana los mira. Sin terminar la novela me fui a Barcelona, en pleno verano. A París había llegado en invierno. Seguramente por eso me gustó tanto Barcelona. En Barcelona terminé Juliana, y viví tres años a punta de “vino pelión”, como llamábamos con los amigos al vino barato. Escribí El incendiado—la muerte de un niño a manos de dos panaderas. No se escribe mejor yéndose del país: eso creía yo, y tuve que viajar para comprenderlo. Sería una desgracia tener que salir del país, de la sopa de plátano, de la cumbia y las flautas andinas. Regresé a Colombia, no alcancé a estar una semana completa en Bogotá y me enamoré y me fui a vivir a Chía, en la vereda “Cerca de Piedra”, entre vacas y gallinas. La casita de ladrillo parecía de cuento de hadas, pero también de pesadillas. Allí me quedé seis años, y escribí Señor que no conoce la luna, porque antes de vivir en Chía yo no conocía la luna, así de simple, no había conocido la luna ni en Paris ni en Barcelona. Aquí me moriré, nací aquí.

AU Pareciera que en Latinoamérica hay dos tradiciones literarias muy fuertes, una más cercana al realismo (Vargas Llosa, Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, casi todo Fuentes, etc.) y otra más cercana a la literatura fantástica (Borges, Carpentier, Cortázar, Felisberto Hernández, Bioy Casares, etc.). ¿Cómo ubica su obra respecto a esos antecedentes?

ER Admiro a Vargas Llosa, su peculiar manera de ensamblar sus novelas, su técnica. Fuentes no es un escritor de mi predilección, para nada. Felisberto Hernández me asombró, hace años, como Borges y Rulfo. He disfrutado de las obras latinoamericanas sin detenerme a reflexionar si son del género fantástico o realista. Se trata de encontrar la buena literatura, y disfrutarla, como lector, y asimilarla, como escritor. Uno aprende de todos, ¿no? Son voces universales que uno incorpora a su propia voz, ineludiblemente. He notado que me interesó el género fantástico en mis comienzos, hace 30 años; tengo muchos cuentos cortos con esa intención. Pero también, y simultáneamente, el realismo. Muchas veces conjugué estas dos vertientes en una misma creación, pero siempre sin proponérmelo de manera voluntaria. Creo más en la espontaneidad a la hora de la creación, que en propósitos experimentales.

Pero por supuesto que considero importante la experimentación literaria. Me gustan esos ejercicios, sólo que para mí mismo. Me parece que sus resultados no merecen ser compartidos. Para mí son como recreos. Me ayudan a entrever posibilidades que más tarde intentaré desarrollar, pero de otra manera. Hay otro tipo de experimentaciones, que puedo llamar ocultas, y que están presentes en cada novela. Que un cuento, o un poema, terminen enlazados a un episodio fugaz en la novela, a un breve párrafo, ya es una experimentación arriesgada. De hecho, el primer libro que escribí fue una experimentación, y seguramente cometí un error al aceptar que se editara. Tenía poco más de 20 años. Recogí todos los poemas que había escrito hasta la fecha, y, como una despedida para siempre de la poesía, decidí transformarlos en prosa, y viviseccionarlos y desfigurarlos alrededor de un solo personaje: LLO. Lo subtitulé: poema novelado. Con ese libro di punto final a mis posibles pretensiones de poeta. Acababa de descubrir que yo era, yo soy, un narrador. Con la novela me siento en mi elemento. La poesía fue un amor no consumado.

AU En el contexto de la pregunta anterior ¿Es García Márquez un escritor que le interesa?

ER Por supuesto. Es un clásico vivo, uno de los pocos que quedan. Un orfebre de la palabra. Logra ese perfecto equilibrio entre la forma y la idea, a mi modo de ver la meta a conseguir. Y no sólo su obra: su vida, su actitud, son ejemplares. De allí que sea el mejor alimento para cualquier escritor en ciernes. Considero su Crónica de una muerte anunciada tan importante como los Cien años de soledad. Ambas, con El coronel, son sus obras maestras. El otoño del patriarca, con todo, me parece un intento fallido, pero un intento que ni siquiera podrían lograr muchos de los escritores más consagrados. Cuando un escritor lee un libro alcanza el mayor grado de sublimación al olvidar, justamente, que es un escritor leyendo un libro, desentrañando posibles métodos o derroteros literarios. Esa felicidad de leer sólo la experimento con muy pocos escritores: García Márquez es el primero de ellos. Doris Lessing, con su Quinto hijo, me hizo olvidar que yo era escritor; leí esa obra remecido, herido, resucitado, como cuando leía de niño a Verne y Defoe, o cuando conocí finalmente a los grandes maestros rusos del siglo IXX, en mi adolescencia. Esas lecturas fueron más que vivir.

AU La Iglesia Católica (y sus apóstoles en tierra colombiana) tiene un papel preponderante a lo largo de casi toda su obra. ¿Qué papel ha jugado La Iglesia en la vida de Evelio José Rosero? ¿Cómo afecta esa experiencia su obra?

ER Hice la primaria y gran parte del bachillerato en colegios religiosos. De allí la presencia de curas y religión en algunas de mis obras. Pero no hubo una invitación a la lectura en esos colegios. Por el contrario. Conocí profesores horribles, esperpentos de la inteligencia, zafios dictando cátedra, y muy protegidos además por sus conductores religiosos. De esa vida no tengo recuerdos edificantes. Mi disciplina, mi rigor, si los tengo, los conseguí a pulso, acaso siguiendo el ejemplo de los mismos héroes de la literatura juvenil, pero nunca a causa de esos lujosos antros de la educación donde se prepara a todo a los alumnos, menos al espíritu, menos a la generosidad humana. La iglesia Católica, con los políticos, o con los primeros “padres de la patria”, son los únicos culpables de la desgracia civil de nuestros países, si hablamos históricamente. Retardatarios, trogloditas, medievales, aparte de enfermos sexuales, la mayoría de sacerdotes en nuestra historia educativa no hicieron otra cosa que preparar a la resignación perpetua a una masa de mensos, y al egoísmo extremo a sus dirigentes. Sin hablar de la participación activa de la iglesia Católica en la distribución de la riqueza, que fue siempre injusta.

AU ¿Cree que los escritores (y los artistas en general) pueden tener alguna ingerencia en la realidad colectiva?

ER Claro que creo. De lo contrario no estaríamos aquí, hablando de libros. La literatura es modificante de la realidad, de la actitud y la conciencia de los lectores. Nosotros mismos hemos sido cambiados, transformados, por ciertos libros, para bien o para mal. La consecuencia de la literatura no es inmediata, como la que puede lograr un noticiero, una película, una crónica, pero se impregna más en la memoria, es más profunda, por lo entrañablemente humana y espiritual. La palabra escrita toca la médula del alma.

 

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BOMB 110, Winter 2010

Featuring interviews with Antonio Caro and Victor Manuel Rodriquez, Ducle Gomez, Ana Teresa Torres and Carmen Boullosa, Evelio Rosero, Juan Gabriel Vasquez and Silvana Paternostro, Javier Tellez, Mario Galeano Toro and Marc Nasdor, Sergio Fajardo, and Carlos Cruz-Diez.

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